viernes, 9 de junio de 2017

STREET ART O LA IMAGEN NÓMADA


Por: Elkin Bolaño Vásquez
Coordinador Salón de arte popular

Normalmente, cuando nos detenemos a observar la obra de cualquier artista, nos enfocamos inmediatamente en los procedimientos técnicos, evaluando tanto fallas como virtudes. Parece que entender el procedimiento artístico del arte, es la piedra angular que hay que descubrir. Pero debemos reconocer que ello es una fracción de las abundantes facetas que ofrece este saber. Tal variedad de conocimientos es el nicho que interesa particularmente a los conocedores del arte, debido a que pueden ser fuente de nuevas significaciones. Más esto resulta difícil para el espectador desprevenido, ya que siempre se inclina por gustos más emotivos, que son los parámetros por los se acerca o rechaza una obra.

La importancia social de una obra depende de lo que sociólogo francés Michel Maffesoli define como hedonismo cotidiano: percepción estética básica que ayuda a disfrutar y compartir placeres entre las personas. Aunque existen lazos comunes entre los placeres de la vida y el disfrute del arte, para este último hay una exigencia adicional. Ya no es sostenible la idea de que las producciones artísticas dependen exclusivamente de la genialidad de los artistas. También se ha mostrado que la apreciación de lo estético ya no está definida por las teorías estéticas, sino que obedece a la interrelación directa del individuo con el objeto cotidiano. Por tanto, el arte y los circuitos artísticos que lo promueven, deben exorcizar el manto elitista que lo cubre y acercarlo a esferas en las que los sentimientos hedonistas también encuentren placer en la comprensión de las novedades que surgen de las incansables búsquedas de los artistas.

Tal perspectiva acoge lo que el teórico del arte Juan Acha definió como transemiótica, es decir, que el arte vale más por lo que quiere decir que por lo que dice. Para que un mensaje trasemiótico trascienda a un público más amplio, es importante reconocer que los espectadores no tienen su cerebro como una hoja en blanco que busca que escritores, poetas o artistas escriban o dibujen cosas en el. Toda persona tiene amplios conocimientos que están acompañados de convicciones fuertes que han definido sus gustos. Sin embargo, sus gustos no son una decisión personal e intima, en ella influye la cultura, la moda y la promoción de los medios masivos de comunicación y las redes sociales. En este contexto el movimiento street art, genera una dinámica vigorosa que lo ha convertido en un arte inclusivo, masivo, de consciencia social que penetra el hedonismo básico para popularizarse como un acontecimiento trasemiótico.




Y es que la transformación del paisaje visual urbano, donde el transeúnte desprevenido es el público más esperado, el caminante ansioso encuentra grafismos e imágenes que alertan su pensamiento, sus gustos se adaptan a la nueva experiencia y sus convicciones encuentran nuevas motivaciones. Con el street art los muros ya no son murallas de protección y separación, ahora son tableros que revitalizan la memoria, enunciaciones y gritos visuales que actúan como provocaciones semánticas que susurran al oído.

He ahí la imagen nómada. Ella siempre encuentra escenarios para estimular las disconformidades de los transeúntes, para ofrecer nuevas lógicas, para proponer usos simbólicos innovadores. Ella no se preocupa por comportamientos estandarizados y políticamente correctos, es más bien un diálogo entre gustos y disgustos, de apatías y luchas, de informaciones y malentendidos. Ella delimita espacios, genera territorios de reunión donde la intimidad se confunde con la mirada del otro. En últimas, la imagen nómada descubre múltiples sinceridades que se transforman en elementos transemánticos de la vida urbana.

Una imagen nómada con estas señales podría ayudar en el contrapeso de la teoría de las ventanas rotas, en la medida en que proyecta nuevos significados a las ideas de ruina y abandono. Con el street art ya no hay rincones abandonados y las ruinas se visten con policromías que vibran en la retina del caminante expectante. El espacio urbano deja de ser objeto de transito para convertirse en sujeto de admiración, que obliga a intentar comprender algo que revolotea, la presencia de algo nuevo que se quiere enunciar, que se quiere presentar. Esa es la fortaleza de la imagen nómada, caminar tangencialmente por entre los bordes y cuando resbala, no es una caída, es la oportunidad de recorrer otras orillas. Para ésta nómada, el camino no está trazado, él emerge de la vivencia, del detalle silente que entra como estocada en la emoción. Su deambular es una actitud jovial que siempre permanece en búsqueda de posibilidades que se pueden irradiar disparatadamente.

La huella de una imagen nómada es un acontecimiento transemiótico que convierte a la ciudad en un contenedor con significados infinitos, en donde la realidad no sólo es experimentada (hedonismo cotidiano), sino también pensada e imaginada.